Una anécdota: cómo Cánovas del Castillo definió a los españoles en 1876

La Restauración de la Monarquía Borbónica (con Alfonso XII) en 1874 (tras la I República, 1873-74, y hasta la instauración de la II República, 1931-39) exigió la redacción de una “Nueva Constitución Española”, la sexta desde “la Pepa” de 1812 y tras las de 1834, 1837, 1845 y 1869. Significativa escasa longevidad legal.

Los juristas encargados de escribirla en 1876 se encontraron con grandes dificultades a la hora de formular el capítulo primero: “Son españoles…”. En efecto, no sabían qué poner en lugar de los puntos suspensivos. Se quedaban literalmente… suspendidos. Una y otra vez se encallaban a la hora de definir qué es eso de “ser español” y, en consecuencia, quiénes eran españoles y cuántos entrarían a la hora del recuento.

Para entender que las dificultades que tenían los “Padres de la Constitución de 1876” hace sólo 139 años (frente a los 500 o incluso 3.000 años de supuesta “españolidad” que proclama a bombo y platillo la parasitaria-camarilla-de-Madrid, p-cM) no eran baladíes, basta revisar la ilegal -ya que “Los contratos firmados bajo amenaza o coacción (militar) son viciados de origen y nulos de pleno derecho”- pero aún –por poco- vigente Constitución de 1978. En seguida se constata que sencillamente no aborda tan espinosa cuestión. Parte de la rotunda afirmación de la –no razonada pero, eso sí, totalmente incuestionable- existencia de una (supuesta) “Nación española” y de un (supuesto) “pueblo español”, y con esta “sólida base” empieza a mencionar una serie de palabras maravillosas y “derechos” que poco o nada tienen que ver con la realidad diaria de la mayoría de “los españoles y las españolas”. Por estricto orden de aparición en escena: “justicia”, “libertad”, “seguridad”, “promover el bien de cuantos la integran”, “convivencia”, etc. La ficción se prolonga hasta el final.

Confieso que no la había vuelto a tocar tras ojearla antes de su votación en 1978. Pero no me extraña que en Catalunya se votase favorablemente en mayor porcentaje, pues para nosotros, y después del numeroso y largo exilio, multitudinarias manifestaciones, duras huelgas, numerosos detenidos, tortura-dos y muertos, etc., dicho texto significaba (sin necesidad de estudiarlo ni de recordar que Franco era la prolongación y exacerbación de una ocupación militar iniciada en 1714 y que continua) una mejora tras haber sufrido casi 40 años la doble dictadura franquista: por republicanos y por catalanes. O, probablemente más cierto, primero por catalanes y luego por republicanos. Ni tampoco me extraña que quienes entonces se opusieron a la Constitución del 78 o quienes la votaron menos, ahora sean sus grandes adalides frente a la independencia de Catalunya (y de cualquiera que se atreva). Pero incluso para esto tienen que hacer trampa e invierten lo que dice la Constitución de 1978. El redactado original “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles” es pervertido en su aplicación actual trasponiéndolo en “La indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, se fundamenta en la Constitución”. Queda claro que, sin necesidad de entrar en la ridiculización que “los constitucionalistas” hacen de los muy “constitucionales derechos a vivienda, trabajo, salud, etc.”, la p-cM tiene que manipular descaradamente “su Constitución” para mantener los límites de su coto de caza y, con él, sus privilegios.

Volviendo a la anécdota reveladora de 1876: ante la parálisis de los redactores a la hora de concretar algo coherente sobre “quiénes son españoles”, el presidente del Gobierno, Antonio Cánovas del Castillo (Málaga, 8 de febrero de 1828; asesinado en el balneario de Santa Águeda, Mondragón, Guipúzcoa, 8 de agosto de 1897), exclamó cáusticamente: “Son españoles los que no pueden ser otra cosa”.

La formulación es especialmente significativa proviniendo de un andaluz, es decir, de un miembro de uno de los sucesivos pueblos asimilados por la p-cM utilizando: primero, su Reino de Castilla; luego, su influencia sobre la Corte (que no “la capital”) de la Monarquía Hispánica (que no “España”) instalada por Felipe II, llamado el Prudente, en 1561 en un coto de caza llamado Madrid (en Toledo, Burgos, Ávila, Salamanca, León, Valladolid,… el rey habría tenido que negociar con los grupos de poder y los intereses ya establecidos, cosa no demasiado “prudente” para el absolutismo); y, finalmente, desde 1714, su Estado Español (por cierto, negación de la Monarquía Hispánica iniciada por los tan cacarea-dos y traicionados “Reyes Católicos”).

Lo coherente sería: “Los únicos españoles son los estadoespañoles, es decir, quienes, conscientemente o no, están sometidos al Estado Español, doblemente ilegal de nacimiento” (como explicaré en próximas LGC).

Barcelona, 11 de abril de 2015           Lluís Botinas


1. A aclarar si debe considerarse primera Constitución Española la Constitución de Baiona de 1808 establecida por los Bonaparte, ya que en realidad no hubo invasión francesa sino que los Borbón abdicaron en Napoleón en 1808 y éste les reconoció de nuevo en 1813